Dicho dolor varía en función de las posturas y la actividad física, aunque suele acompañarse de una limitación del movimiento. Igualmente puede irradiarse a otras partes del cuerpo, especialmente a la parte posterior de los miembros inferiores.
En nuestro país se estima que 8 de cada 10 personas van a padecer un dolor lumbar a lo largo de su vida. En la inmensa mayoría de los casos no se trata de una enfermedad grave pero implica un importante deterioro de la calidad de vida del paciente, además de un elevado gasto social.
CAUSAS:
El dolor lumbar puede estar desencadenado por múltiples causas: traumatismos, fracturas vertebrales, enfermedades reumáticas, afecciones infecciosas, etc. No obstante, un altísimo porcentaje de casos se trata de una “lumbalgia inespecífica”.
Antiguamente esta lumbalgia inespecífica se atribuía a alteraciones de la estática o dinámica de la columna vertebral como hernias discales, desplazamientos vertebrales o desviaciones de columna tipo escoliosis, hipercifosis, hiperlordosis,etc. Incluso aunque estas alteraciones estén presentes en el paciente, no siempre serán la causa que origine el dolor. Actualmente se considera que el dolor aparece por un mecanismo neurológico que activa los nervios que transmiten el dolor y desencadena la contractura muscular y la inflamación. Este mecanismo puede iniciarse por la compresión de una raíz nerviosa, pero muy frecuentemente no se puede averiguar la causa desencadenante. Sin embargo sí que se han identificado determinados factores de riesgo, cuya combinación desencadenará el cuadro de lumbalgia:
--Flexo-extensiones y rotaciones repetidas de la columna.
--Sobreesfuerzos repetidos por manipulación de cargas o posturas inadecuadas.
--Vibraciones de cuerpo entero.
--Falta de potencia y entrenamiento de la musculatura de la espalda.
--Dolor durante el sueño o descanso nocturno por posturas viciadas o una cama inadecuada.
--Episodios anteriores de dolor de espalda, aunque en este caso suelen ir asociados a otros factores de riesgo, predisponen a la aparición de nuevas crisis.
--Factores psicosociales como la tensión emocional por estrés excesivo o mantenido en el tiempo, la personalidad hipocondríaca y la insatisfacción laboral aumentan la percepción del dolor y su persistencia en el tiempo.
DIAGNÓSTICO:
El diagnóstico de una lumbalgia inespecífica consiste en primer lugar en descartar que el dolor sea debido a otras causas como una fractura vertebral, enfermedad sistémica o compresión del nervio raquídeo que requiera valoración quirúrgica. Se basa en una historia clínica en la que se realiza un interrogatorio exhaustivo del paciente y una exploración física ejecutando determinadas maniobras sobre el paciente. En un alto porcentaje de casos, esto será suficiente para un correcto diagnóstico y enfoque terapéutico. Solamente si existieran dudas diagnósticas razonables, se debe recurrir a las pruebas complementarias de diagnóstico por la imagen, neurofisiológicas o análisis de sangre. Estas pruebas tienen un innegable valor para ayudar al diagnóstico, pero deberán hacerse siempre bajo indicación médica, no de forma rutinaria o por exigencia del paciente para su tranquilidad.
Además es necesario subrayar que estas pruebas son una valiosísima ayuda al diagnóstico pero que no “son el diagnóstico”. Deberán ser interpretadas por el médico en el conjunto de datos del paciente. Por ejemplo, el descubrimiento de una hernia discal lumbar en un paciente, no es forzosamente la causa del dolor lumbar: el 30% de la población sana presenta una hernia discal que no le causa ningún problema.
TRATAMIENTO:
Por ser un cuadro muy frecuente la lumbalgia aguda inespecífica presenta numerosos posibles tratamientos, pero algunos de ellos carecen de una evidencia científica de beneficio demostrado y por tanto no deben ser prescritos de forma general. Es el caso del reposo absoluto en cama, las tracciones vertebrales, las sesiones de onda corta o ultrasonidos y los corsés o fajas lumbares.
En cambio si resulta muy beneficiosa una correcta información al paciente sobre las causas de su dolor, la posible evolución y las medidas terapéuticas. Entre éstas cabe destacar el reposo relativo (evitando deportes o actividades físicas extremas) hasta la mejoría del dolor, pero manteniendo al máximo posible la actividad habitual. Del mismo modo debe recomendarse a los 7-10 días, cuando haya cedido el dolor más intenso, comenzar un ejercicio suave como caminar durante un tiempo corto. También es recomendable como complemento de la terapia física la aplicación de calor local en la zona dolorida.
Respecto al tratamiento farmacológico debe hacerse una adecuada prescripción de analgésicos, antiinflamatorios no esteroideos y miorrelajantes, pero siempre pautados por el médico, evitando siempre el tomarlos “a demanda” según el paciente note más o menos dolor.
Cabe resaltar que la base del tratamiento es una buena relación de confianza y comunicación médico-paciente, eliminando de este modo creencias erróneas sobre el dolor de espalda, acelerando la curación, reduciendo posibles recaídas y haciendo al enfermo partícipe activo del tratamiento.
Pedro Soto Ferrando. Médico del Trabajo
Servicio de Prevención Hospitales NISA