Recibió el nombre de vacuna BCG (Bacilo de Calmette – Guérin, en honor a sus descubridores). Se trata de bacterias que han perdido su virulencia en cultivos artificiales, pero que conservan su poder antigénico, es decir la capacidad de desarrollar en el paciente una respuesta de defensa inmunitaria.
La vacuna despertó grandes expectativas y ha sido una de las más usadas en el mundo, pero desgraciadamente esas expectativas no se cumplieron plenamente. En la actualidad la inmunogenicidad y su eficacia son temas muy controvertidos.
Los efectos adversos de la BCG, aunque son relativamente más frecuentes que en otras vacunas, suelen limitarse al punto de inyección, causando abscesos o úlceras, que generalmente se atribuyen a una mala técnica en la administración.
El problema radica en que, a pesar que aumenta la inmunidad, no previene la infección tuberculosa. No obstante sí que limita o retrasa la multiplicación de los bacilos en el foco pulmonar, lo que previene la diseminación a través de los linfáticos o la sangre, y por tanto el desarrollo de formas diseminadas como la tuberculosis miliar o de las meninges. O sea, aunque no impide la infección evitaría las complicaciones de la tuberculosis.
Es también tema polémico cuánto dura la protección de la vacuna. En general hay acuerdo en que dicha protección disminuye con el tiempo y no existen pruebas que persista más allá de los 10 años después de la vacunación.
En España se puso en marcha en 1965 el Plan Nacional de Erradicación de la Tuberculosis, una de cuyas estrategias fue la vacunación masiva en recién nacidos, y en escolares negativos a la prueba de la tuberculina. El plan finalizó en 1973 aunque se hizo la recomendación oficial de mantener la vacunación BCG en recién nacidos. Posteriormente, en la década de 1980 fue eliminada de los calendarios vacunales de las comunidades autónomas, salvo en el País Vasco donde todavía se mantiene.
Actualmente es una vacuna que debe ser indicada específicamente por el pediatra en determinadas situaciones y siempre en niños no infectados previamente porque la vacuna no tiene efectos terapéuticos. Se administra en dosis única y no está indicada la revacunación.
En el adulto tampoco está indicado su uso sistemático. Debe ser una indicación del médico del trabajo en los trabajadores que presentan contactos frecuentes con enfermos tuberculosos, especialmente en áreas de alta prevalencia de cepas multirresistentes. Además presenta algunas contraindicaciones: por ejemplo no puede administrarse en el embarazo porque recordemos que se trata de bacterias vivas.
No obstante, los avances en el conocimiento de los mecanismos inmunitarios involucrados en la protección contra el bacilo de la tuberculosis han permitido desarrollar numerosas estrategias en la búsqueda de nuevas vacunas contra la enfermedad que pueden cambiar el panorama de la vacunación a medio plazo.